
En su nueva edición, reaparece el motivo de la familia global. Roger Milla, camerunés y primer africano en brillar en una selección de su continente, es el inaugurador de un clásico: el festejo-baile. El ex futbolista le pone una pizca africana al deporte creado y transmitido por los ingleses (curioso: del mismo modo, Coca Cola se expande junto a la economía norteamericana). Milla enseñó el baile y todos lo disfrutan.
En 2002, David Beckham, Rui Costa, Juan Sebastián Verón y Roberto Carlos fueron algunos de los que disputaron un partido contra luchadores de sumo. En 2006, al inglés y al brasileño se le sumaron Hernán Crespo, Raúl, Fernando Torres, Thierry Henry, Frank Lampard y Ronaldinho. Se trata de un encuentro en una típica fiesta alemana (pero donde los chops están llenos de Pepsi, claro).
Ahora se repiten varios nombres, pero las grandes estrellas son Kaká y Lionel Messi. La escena puede recordar a la colonización de América o al control europeo sobre África: "nosotros les traemos la civilización, esperamos algo a cambio". El nexo entre los "europeos" Kaká, Messi e Iker Casillas son Thierry Henry y Didier Drogba, con ascendencia negra uno, marfileño el otro. Los jugadores, vestidos con motivos africanos, disputan un partido contra chicos del lugar. Se encuentran en el medio de la sabana y juegan como si estuvieran bailando. Al final, las estrellas les dan las camisetas a los jóvenes mientras ellos los admiran y les pintan la piel.
Ambas gaseosas acompañan la alegría. Hay un indudable aroma etnocentrista en ellas: la civilización (el fútbol y Pepsi o Coca) es transmitida por los occidentales. Los africanos responden con afecto y regalando su cultura (lo que el europeo cree que es la cultura africana, en realidad) o incorporando un poco de ella en la naturaleza del fútbol. Y siempre hay una botella o una lata para celebrar, todos juntos.
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